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De aquí, en las profundidades

pies-piscina

Debieron ser unos segundos pero me parecieron una eternidad.

Aquella zorra excéntrica dominaba las bromas de mal gusto. Yo carezco del don de la suspicacia, por eso la creí cuando me indicó el lado bajo de aquella piscina gigantesca.

Mintió. Flexioné las rodillas para tomar impulso, alcanzar una altura de vértigo y caer en el azul intenso.

Lo inesperado, si malo y brusco, es difícil de digerir.

En plena inmersión, cuando tomé conciencia de que alcanzaría el suelo tarde respecto a mis cálculos respiratorios solo pude rendirme a mi caída libre en trayectoria vertical.

Mantén la calma, a pesar de la incipiente oscuridad. Se va perdiendo el griterío del exterior. Un poco de paz tampoco está mal. Eso de ahí parece un banco de corales. No, es otra víctima de la zorra excéntrica que viste bañador rosa.

Mis reservas pulmonares imploran por tocar el suelo para impulsar el vuelo ascendente. Por fin. Repito la maniobra: flexiono las rodillas e inicio el encuentro con el exterior. De nuevo la luz.

Reaparezco boqueando escandalosamente con la mano alzada en gesto de victoria al estilo Naomi Wats en Lo imposible. La busco con mirada de triunfo desafiante y la descubro demasiado lejos comprando un helado.

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